El invierno llego, la lluvia lo humedece todo y al parecer mi almohada también, mientras las flores festejan su llegada, yo lamento la encrucijada, que ironía esta, reclamamos cuando hay de sobra, mientras otros claman porque no hay ni sobras, quisiera solo dormir a este presente, olvidar la agonía que se vive y a aquellos sanos que viven en alegría en un planeta que se enferma por dejarse ignorar.Hoy experimente un sentimiento de impotencia, dolor y tristeza, viajaba yo en un bus y me senté al lado de una pequeña y débil señora ya avanzada en edad, vestía ropas viejas, zapatos gastados de tanto caminar y sucios por el lodo inmisericorde que se agarra en nosotros marcando nuestro “estatus social”, su cuerpo estaba deforme por una pronunciada joroba que cargaba a cuestas como un castigo impuesto a los que no reclaman pues creen que merecen tal condición.Cuando mire sus ojos estos se estaban cerrando por un cansancio que no podía ocultar, su pelo casi blanco por el tiempo que no duda en marcar el territorio por el que ya paso, lo que mas me sorprendió de esta escena es lo que la anciana cargaba sobre sus piernas, era una canasta con unos sucios trapos dentro, que al parecer habían servido para cubrir los panes que para entonces ya había vendido, una tetera negra reposaba sobre un lado de la vieja canasta de pan y un pequeño tarro que colgaba amarrado de la parte exterior de la misma, seguramente usado para el ají.La anciana era una vendedora ambulante, una de aquellas que todos los días sale de su casa con una canasta llena de pan y una tetera llena de café esperando ver si ese día la vida le sonríe, una de aquellas sin sueños ni bienestar. ¿Pero quien la condeno a tan vil vivir, quien le quito sus sueños de sonreír?, esta imagen ya es muy común, pocos se estremecen al ver algo así, pero no entienden que llegaran a la misma estación sin nadie quien los espere, sin lugar a donde ir, porque nos rodeamos de ilusión y falsedad, relaciones superficiales, que nos condenan a un futuro en soledad.Me pregunto si ella encontrara en su casa el refugio necesario, si podrá proclamar (hogar dulce hogar) como tal vez lo hacemos algunos de nosotros o el tormento de llegar a casa es mas fuerte que el de salir de ella cada madrugada, en verdad ninguna noticia me sorprendería, lo no haría.Me estremece el pensar que llegare a ese puerto a solas, que no habrá nadie allá afuera que espere por mi, que muestre una sonrisa al verme bajar del gran crucero de la vida, pero en verdad no lo estaré, tal vez lamento la condición de otros, la de aquellos que llegaran a la estación cansados de caminar sin saber que no hallaran descanso, que estarán solos, desamparados, tan cansados que les parece una broma la noticia que escuchan por el altoparlante, todos se miran unos a otros preguntándose entre miradas sin respuestas quien esta bromeando con algo así, quien es el que bromea con que no hay camas, con que el tormento recién empieza.Y entre ellas veo a la desdichada anciana, alzándose entre la multitud limitada por la joroba que ni la muerte le quito, en su cara se refleja una sonrisa inocente pues la muerte tampoco se llevo su sordera, ella no logro escuchar sobre lo que del lugar se decía, se acerco al centro del tumulto esperando que alguien le explicase de nuevo lo que ella no alcanzo a oír, pero ni aun de ese lado encontró respeto por las canas y arugas que cubrían su fina cara, pero pronto no necesito respuestas, todo estaba claro cuando dio una mirada al precipicio ardiente, vio lo que nunca imagino ver, pues en vida nunca leyó un libro que la llevara de viaje por los mundos de la mente, sintió tanto dolor incomparable a ningún otro jamás sentido, sus mejillas se humedecieron, entonces supo que su tormento recién empezaba.